PARTE 1
—Jake, baja la velocidad —dije, agarrando el teléfono con tanta fuerza que me dolían los dedos—. ¿Qué dejó el abuelo?
Su voz se redujo a un susurro.
“Una llave. La encontré pegada con cinta adhesiva debajo del cajón del viejo banco de trabajo del abuelo. También había un sobre. Tu nombre estaba escrito en él.”
Sentí un vuelco en el corazón.
“¿Mi nombre?”
“Sí. No es de mamá. No es de papá. Es tuya.”
Frente a mí, el señor Harlow, mi abogado, se quedó muy quieto.
Jake estaba en casa del abuelo, intentando salvar algunas cosas antes de que nuestros padres enviaran un “equipo de limpieza” a la mañana siguiente. Pero dijo que no estaban limpiando, sino buscando.
Entonces susurró: “Hay una nota. El abuelo dijo que si alguna vez venías buscando la verdad, tenía que dártela antes de que la encontraran”.
Antes de que pudiera responder, Jake se quedó paralizado.
“Hay una camioneta negra afuera.”
El señor Harlow se puso de pie de inmediato. —Dígale que se vaya.
Pero Jake estaba atrapado en el cobertizo. A través del teléfono, oí la voz quebradiza de mi madre.