Me detuve frente a la habitación 412. Mi mano se cernía sobre el cristal.
A través del grueso cristal, la vi. Tessa parecía una muñeca de porcelana hecha añicos. La enorme cantidad de máquinas de soporte vital la empequeñecían, su piel translúcida contrastaba con las sábanas de un blanco impoluto. Tubos serpenteaban por sus pálidos brazos, y el rítmico y sibilante zumbido del respirador era la única prueba de que aún estaba conectada a este mundo.
El médico de guardia apareció a mi lado. Parecía exhausto, con la mirada baja, incapaz de sostener mi mirada.