No te rías diciendo “oh no”.
Risas de verdad.
Su risa.
Se quedó de pie al borde de la piscina con los brazos en alto, volviéndose hacia sus amigos como si acabara de anotar el punto decisivo en un partido. Dos de ellos le chocaban las manos, le daban palmaditas en los hombros y me señalaban como si yo fuera el blanco de sus bromas.
Mi prometido, mi marido, sonrió como un niño al que le han gastado una broma.
“¡Esto se va a hacer viral!”, gritó lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran. “¡Fue perfecto!”
Por un momento pensé que iba a vomitar.
Porque lo peor no fue el vestido mojado, el maquillaje corrido ni el agua fría en mi cabello.
Lo peor era que no estaba preocupado.
No lo lamentaba.
No me tendió la mano.
Él celebró.
Las reacciones alrededor de la piscina fueron diversas. Algunos huéspedes se rieron, como si no comprendieran lo inapropiado de la situación. Otros se taparon la boca, con los ojos muy abiertos. Alguien murmuró: “¿Qué demonios?”, como si las palabras se le hubieran escapado sin poder expresarse con cortesía.
Yo seguía en el agua, apenas logrando evitar que mi vestido me arrastrara hacia abajo, y mi marido fingía haber hecho algo ingenioso.
Un dolor más agudo que la propia angustia me oprimía el pecho. Era como si la humillación y la traición se hubieran fusionado en una pesada piedra y me hubieran caído directamente en el estómago.
No me eché a llorar inmediatamente.
Acabo de mirar.
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