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Víctor me veía como una persona, como un problema, como un obstáculo, como algo que debía corregirse a gritos y con mano dura.
—¡Levántate, vaca inútil! —gritó, arrancándome las sábanas, reduciendo mi humanidad a una palabra que dolía más que cualquier golpe físico.
Tenía seis meses de embarazo, pero en ese momento mi cuerpo no era un refugio de vida, sino un campo de batalla donde el miedo y la supervivencia luchaban sin tregua.
Intenté incorporarme, pero el dolor de espalda y el peso en el vientre me recordaban que cada movimiento era una negociación con el sufrimiento.
—“Me duele… No puedo moverme rápido”— susurré, con la voz quebrándose, esperando la más mínima señal de empatía que finalmente llegó.
Se rió, y esa risa fue peor que cualquier insulto, porque carecía de humanidad y estaba llena de un desprecio erudito.
—«Otras mujeres sufren y no se quejan»—, respondió ella, como si el dolor fuera una competición y yo estuviera perdiendo deliberadamente.
Bajé las escaleras apoyada contra la pared, cada paso una humillación, cada respiración una lucha por mantener los pies en alto debido al bebé que llevaba dentro.