Parte 1
—Tu hija tiene que aprender a controlar su cuerpo antes de que sea demasiado tarde.
Esa frase me la dijo mi suegra dos horas después, parada en la entrada de su casa, con su suéter navideño color crema y una cruz dorada brillándole en el pecho como si eso pudiera limpiar lo que había hecho.
Pero antes de escucharla justificarlo con esa tranquilidad de piedra, mi hija Sofía, de apenas 6 años, entró a mi cuarto, cerró la puerta con seguro y me miró como si ella hubiera cometido un delito.
—Mamá, prométeme que no te vas a enojar conmigo.
Era 27 de diciembre. En la sala todavía estaba el árbol encendido, con las esferas rojas que Sofía había acomodado todas en la misma rama porque decía que “así no se sentían solitas”. En la cocina quedaba recalentado de pavo, romeritos y un plato con galletas de azúcar que mi esposo Rodrigo había comprado en la panadería de la esquina.
Sofía había pasado dos días en casa de mi suegra, doña Graciela, porque Rodrigo y yo tuvimos que trabajar en la tienda familiar durante las ventas de fin de año. Yo dudé antes de dejarla. Meses atrás le había pedido a Graciela que dejara de comentar el cuerpo de mi hija.
—Está llenita.
—No le des tanto pan.
—Una niña bonita debe aprender a cerrar la boca.
Cada frase me dejaba una espina en la garganta, pero Rodrigo siempre me decía que su mamá era “de otra época” y que no lo hacía con mala intención.
Ese día, cuando Sofía regresó, no corrió a abrazarme. No me enseñó dibujos. No pidió leche con chocolate. Caminó tiesa, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada clavada en el piso.
—Estoy cansada —murmuró.
Luego se metió a su cuarto.
La seguí porque algo dentro de mí, esa alarma muda que solo conocen las madres, empezó a gritar.
Cuando abrió la puerta y levantó su suéter verde, sentí que el aire se me cortó.
Debajo de la playera interior, mi hija traía una bolsa negra de basura puesta como si fuera ropa. Tenía un agujero mal cortado para la cabeza y dos aberturas torcidas para los brazos. La bolsa estaba pegada a su piel con cinta canela, húmeda de sudor. Al despegarla despacio, vi su piel roja, irritada, caliente.
—¿Quién te puso esto, mi amor?
Sofía bajó la cabeza.
—Mi abuela.