Valeria tenía mi misma edad, pero desde niña fue caprichosa, arrogante y cruel. Le gustaba verme agachar la cabeza. Le divertía ensuciar el piso recién trapeado solo para obligarme a limpiarlo de nuevo. Si rompía algo, decía que había sido yo. Si se aburría, me llamaba a su cuarto solo para humillarme.
—Recuerda tu lugar, Mariana —me decía con una sonrisa venenosa—. Tú no eres mi hermana. Eres la muchacha de la casa.
Pero quien más me hacía daño era Doña Eugenia Montenegro, la mujer que todos creían que era mi madre adoptiva.
—¡No se te olvide que te recogimos de la nada! —me gritaba cada vez que podía—. ¡Comes gracias a nosotros! ¡Duermes bajo este techo porque nosotros te dejamos!
Yo crecí escuchando esas palabras como si fueran una condena.
Nunca celebraron mi cumpleaños. Nunca me compraron ropa nueva. Nunca me dejaron sentarme a la mesa con ellos cuando había invitados. Para el mundo exterior, yo era “la hija adoptiva de la familia Montenegro”. Dentro de aquella mansión, era simplemente Mariana, la criada.
Hasta que llegó el día en que Valeria enfermó gravemente.
Al principio, todos pensaron que era cansancio. Luego vinieron los desmayos, las náuseas, la piel pálida, los viajes urgentes al hospital. Finalmente, los médicos dieron el diagnóstico que hizo temblar a toda la familia.
Los dos riñones de Valeria estaban fallando.