Daniel se resistió cuando intentaron alcanzar a Mia por primera vez, no porque quisiera interferir, sino porque bajarla le parecía como admitir que ya no podía protegerla.
Rachel se interpuso justo delante de él.
—Tenemos que examinarla —dijo—. Vamos a llevárnosla.
Daniel finalmente aflojó los brazos.
El personal trasladó a Mia a la cama y la hizo rodar a través de unas puertas batientes, mientras Daniel la seguía tan de cerca que su antebrazo desnudo rozó la barandilla de metal.
Todavía llevaba puesta la camiseta y los pantalones de chándal grises que se había puesto en casa.