PARTE 1: DESPEDIDO TRAS DIECIOCHO AÑOS
Julian Whitaker me miró como si yo no fuera más que una silla vieja que su padre se había olvidado de tirar. Tras dieciocho años cuidando del señor Whitaker, Julian me despidió con cuatrocientos dólares y me ordenó que me marchara de la propiedad antes del atardecer. Tres días después, me llamó el abogado de su padre, y lo que me contó casi me hizo desmayar. Esa mañana, la luz del sol entraba a raudales por los altos ventanales de la mansión Whitaker mientras colocaba lirios frescos sobre la mesa del pasillo.
El señor Whitaker siempre había querido flores en casa, y sin él, la mansión se sentía dolorosamente vacía. Había empezado a trabajar para él casi dos décadas antes, cuando ya era viudo. En algún momento, nos habíamos convertido en una inusual familia de dos. Cuando murió mi hija, se sentó en silencio a mi lado en la encimera de la cocina. No me ofreció consejos ni consuelo vacío. Simplemente permaneció allí porque comprendía que a veces el dolor necesita compañía, no palabras. Todos los lunes preguntaba por mi nieto.
“¿Cómo está Danny, Marta? ¿Sigue dibujando esas naves espaciales?”
“Sí, señor. Ahora añade extraterrestres.”
“Bien. Dile que quiero ver uno.”