Las montañas Ozark se extendían por el paisaje en interminables olas de densos bosques y crestas de piedra caliza, con valles tan remotos que un hombre podía desaparecer en ellos y no ser encontrado jamás.
No se trataba de la frontera idealizada que la gente imaginaba, sino de un lugar más inhóspito, donde la supervivencia exigía una autosuficiencia absoluta y donde el vecino más cercano podía estar a una hora de camino a través de un terreno traicionero.
Las carreteras no eran más que senderos llenos de baches que se convertían en lodazales intransitables con cada tormenta, dejando a comunidades enteras aisladas durante semanas.
En invierno, el aislamiento se volvió absoluto.
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