Por un segundo, Valeria hasta soltó una risa.
No porque algo tuviera gracia.
Sino porque el descaro era tan absurdo que casi parecía una broma.
—Yo he estado pagando la hipoteca de esta casa desde hace cuatro años —dijo al fin, con la voz baja, pero temblando—. Desde que papá dejó de trabajar, yo pago la luz, el agua, el internet, el predial… y también la tarjeta de crédito. La misma tarjeta que Brayan usa para comprarse tenis y pagar cuentas en los bares.
Su padre golpeó la mesa con tanta fuerza que los cubiertos se estremecieron.
—No nos eches en cara tus obligaciones —rugió—. Pagas porque vives aquí. Y si no te gusta, ahí está la puerta.
Y como si el universo quisiera volverlo todo todavía más humillante, en ese momento apareció Brayan en la cocina.
Venía medio dormido, con el cabello desordenado, pantalón de pijama y esa sonrisa sobradora de alguien que jamás ha tenido que enfrentar consecuencias. Agarró una quesadilla del plato que su madre le había preparado, le dio una mordida y miró a Valeria con burla.
—Relájate, dramática —dijo con una carcajada floja—. Al rato te devuelvo el coche. No te vas a morir por pedir un Uber un día.
Esa sonrisa fue lo que la quebró.