Como si no quisiera encontrarse con la mujer a la que acababa de destruir por ignorancia disfrazada de orgullo.
Pero el médico volvió a mover el transductor.
Y entonces su rostro cambió de nuevo.
No con preocupación.
Con sorpresa.
—Espera —dijo.
Sentía que no podía respirar.
—¿Qué sucede ahora?
Ella amplió la imagen.
Paola se cruzó de brazos, incómoda, como si estar allí ya no le resultara tan divertido.
Diego levantó la cabeza.
El médico señaló la pantalla.
—Aquí hay otro saco gestacional.
Me quedé paralizado.
-Otro…?
Movió el dispositivo un poco más.
Apareció un segundo punto en la pantalla.
Más pequeño, pero ahí está.
Y entonces, como una pequeña respuesta del universo, se escuchó otro latido.
Fuerte.
Rápido.
Vivo.
El médico apenas sonrió.
—Señora Laura, hay dos.
Me tapé la boca.
No podía hablar.
Dos.
No era un bebé.
Eran dos.
Dos vidas crecían dentro de mí mientras afuera todos me llamaban traidora.
Dos corazones latían con fuerza mientras Diego brindaba con Paola en Polanco.
Dos niños a quienes su propio padre ya había negado antes incluso de saber que existían.
El médico apagó el sonido para darme espacio, pero el eco de esos latidos seguía resonando en mi cabeza.
Diego se sentó de repente en una silla.
Como si le hubieran cortado las piernas.
—No —susurró—. No, no, no.
Paola lo miró con una mezcla de ira y miedo.
-¿Mellizos?
La doctora se corrigió suavemente.
—Embarazo gemelar en etapa temprana. Será necesario un seguimiento exhaustivo.
Lloré, pero ya no como en el baño.
Él lloraba de otra manera.
Con dolor, sí.
Pero también con una nueva fuerza.
Me sequé la cara con el dorso de la mano.
—Doctor, ¿están bien mis bebés?
Mis bebés.
Decirlo me destrozó y me sostuvo al mismo tiempo.
“Por ahora, sí”, dijo. “Ambos presentan actividad cardíaca. Necesitaremos revisiones frecuentes, reposo relativo según cómo evolucionen las cosas, pruebas y mucha tranquilidad”.
Diego soltó una risa entrecortada.
—Cálmate. Por supuesto.
El médico se volvió hacia él.
—Señor, con el debido respeto, si ha venido aquí para molestar aún más a mi paciente, le pido que se marche.
Mi paciente.
No “su esposa”.
No “el acusado”.
I.
Por primera vez en semanas, alguien me pertenecía.
Diego se levantó.
—Laura, tenemos que hablar.
Me incorporé lentamente. El médico me ayudó a quitarme el gel y me dio una toalla. Me bajé el vestido con manos temblorosas, pero no por miedo.
—No—dije.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con que no?
—No necesitamos hablar aquí. No ahora. No delante de ella.
Miré a Paola.
Ella se sonrojó.
—No es mi culpa que tú—
—Sabías que estaba casada —la interrumpí—. Sabías que estaba embarazada, y aun así viniste a esta oficina a verme humillada. No te hagas el visitante.
Paola abrió la boca, pero no encontró nada decente que decir.
Diego dio un paso hacia mí.
—Laura, no lo sabía. Verás, una vasectomía…
—La vasectomía no te obligó a llamarme puta con la mirada.
Permaneció inmóvil.
La doctora bajó la mirada, respetando mi dolor.
Continué.
—Él no te obligó a irte con Paola esa misma noche. Él no te obligó a publicar fotos diciendo que la vida te había arrebatado una mentira. Él no te obligó a enviarme papeles para quitarme la casa y cobrarme por años de matrimonio como si yo hubiera sido una mala inversión.
Paola lo miró.
—¿Cobrarle los gastos?
Diego cerró los ojos.
—Fue una estrategia legal.
Me reí.
—¡Qué bonito nombre le dan los cobardes a la crueldad!
Tomé mi bolso.