La tensión que había estado cargando sin darme cuenta ha disminuido.
El objeto en sí no había cambiado, pero mi comprensión del mismo sí, y eso lo cambió todo.
Ya no era motivo de miedo ni de preocupación.
Era simplemente otro ejemplo de la complejidad y la riqueza de la naturaleza, incluso en un lugar que creía conocer bien.
Me levanté y terminé de regar las flores, lanzando de vez en cuando una mirada curiosa, más que preocupada, al hongo.
El jardín ya no representaba una amenaza.
Simplemente me recordó que la familiaridad no es sinónimo de exhaustividad.
Siempre hay algo más sucediendo bajo la superficie, siempre algo que crece, cambia o emerge sin previo aviso.
A medida que avanzaba la mañana, me di cuenta de que pensaba menos en el objeto en sí y más en mi reacción ante él.
Mi mente va a mil por hora cuando me enfrento a la incertidumbre.
Porque lo desconocido provoca fácilmente dudas.