De cerca, el objeto no era más reconocible que desde la distancia.
De cerca, el objeto no era más reconocible que desde la distancia.
Su forma irregular parecía casi esculpida por el azar más que por una intención deliberada.
Su superficie parecía a la vez delicada y firme.
Nada sugería un peligro inminente y, sin embargo, nada me resultaba familiar.
Era imposible ignorar su olor fuerte y característico.
Me agaché, manteniendo las manos quietas, e intenté comprender lo que estaba viendo.
¿Se había caído de un árbol?
¿Lo dejó allí algún animal?
¿Se trataba de un extraño trozo de escombro arrastrado por el viento?
Ninguna de estas explicaciones me pareció plausible.