años.
El especialista asintió.
—Entonces creo que le resultará interesante conocer su historia.
Lee la continuación en los comentarios.

Los resultados mostraron algo completamente diferente de lo que yo había imaginado.
Aquella bebida no era simplemente una bebida tradicional.
Se trataba de una preparación especial que Victor había elegido con ayuda de un profesional para que formara parte de mi rutina diaria.
El especialista también me mostró algunos documentos antiguos.
Mi apellido de soltera aparecía en ellos.
Descubrí que, durante los primeros años de nuestro matrimonio, había recibido una recomendación importante relacionada con el cuidado de mi bienestar.
En aquel momento no quise prestar demasiada atención al tema y guardé aquellos documentos.
Con el paso de los años, los recuerdos de aquella época se fueron haciendo más lejanos.
Victor, sin embargo, nunca los olvidó.
Buscó orientación profesional y durante muchos años consiguió para mí la preparación que debía formar parte de mi rutina.
La colocaba en una botella sencilla para que todo pareciera una parte normal de nuestra vida cotidiana.
Después, el especialista me entregó una carta que Victor había dejado.
«Querida:
Una vez me dijiste que querías disfrutar de cada día sin tener que pensar constantemente en asuntos complicados.
Por eso convertí tu rutina en nuestra pequeña tradición nocturna.
En mi vaso solo había mi jugo de frutas amargo favorito.
Lo tomaba contigo para que nunca sintieras que estabas haciendo algo sola.
Perdóname por haber insistido tanto en mantener nuestra pequeña costumbre.
Tal vez algún día comprenderías por qué significaba tanto para mí.
Solo quería que pudieras disfrutar de una vida larga y tranquila.»
Sostuve la carta entre mis manos durante unos instantes.
Durante treinta y cinco años había pensado que Victor simplemente tenía una extraña costumbre que nunca quiso explicar.
Ahora comprendía que para él aquella pequeña tradición significaba mucho más.
Era una forma de compartir conmigo un momento especial cada noche.
Desde entonces, cuando llegan las nueve, algunas veces vuelvo a poner dos vasos sobre la mesa.
Uno contiene mi preparación habitual.
El otro, el jugo de frutas amargo que Victor tanto disfrutaba.
Levanto mi vaso hacia la silla vacía y digo:
—Un vaso por otro día y por los treinta y cinco años que compartimos.