Cuando Victor salió de la cocina durante unos minutos, aparté la bebida.
A la mañana siguiente observé que una de las plantas cercanas no se veía tan bien como el día anterior.
Me sorprendí y pasé parte del día pensando en lo que podía haber ocurrido.
Recordé todos aquellos años y comencé a hacerme preguntas.
¿Por qué era tan especial aquella bebida?
¿Por qué Victor la guardaba siempre en el mismo lugar?
¿Y por qué nunca hablaba de su origen?
Victor, mientras tanto, seguía siendo el mismo hombre atento de siempre.
Cuando tenía un día complicado, me ayudaba.
Cuando estaba cansada, preparaba la cena.
Cuando Emily necesitaba algo, siempre estaba disponible para ella.
Por eso me resultaba aún más curioso que mantuviera en secreto aquella pequeña tradición.

Unas semanas después, volví a dejar el vaso a un lado.
A la mañana siguiente, Victor me miró y preguntó:
—Ayer no terminaste tu vaso.
—¿Cómo lo sabes?
Sonrió.
—Llevamos treinta y cinco años sentándonos juntos a esta hora.
Aquella respuesta aumentó todavía más mi curiosidad.
Desde entonces comencé a pensar con frecuencia en la historia de aquella botella.
Hasta que llegó nuestro trigésimo quinto aniversario de bodas.
Victor sacó un viejo álbum de fotografías.
Pasamos la tarde recordando algunos de los mejores momentos de nuestra vida juntos.
Al final, señaló la botella y dijo:
—Algún día sabrás por qué esta pequeña tradición ha sido tan importante para mí.
—¿Y por qué no me lo cuentas ahora?
Victor sonrió.
—Todavía no es el momento.
Meses después, Victor ya no estaba en casa.
La casa se sentía diferente y mucho más silenciosa.
Una noche, exactamente a las nueve, preparé dos vasos por costumbre.
Luego me quedé mirándolos durante unos minutos.
A la mañana siguiente tomé la antigua botella y decidí descubrir por fin qué había detrás de aquella tradición.
La llevé a un laboratorio para conocer con exactitud su composición.
Unos días después recibí una llamada.