Ese día, el cielo parecía empeñado en ahogar el mundo. La lluvia azotaba el tejado, no había luz y el suelo de baldosas estaba resbaladizo como jabón. Regresaba del almacén, dirigiéndome hacia la puerta principal, cuando de repente resbalé en los escalones.

Ni siquiera tuve tiempo de gritar.
El vecino oyó el fuerte golpe y se abalanzó hacia mí. Abrí la boca, pero no emití ningún sonido. Según el médico, el impacto me partió el cráneo. Dijo que morí al instante.
Nadie cuestionó nada. A nadie le pareció sospechoso. La vida a mi alrededor siguió su curso, mientras yo vagaba como una sombra durante cinco largos años, aferrándome a una sola cosa: una maceta de orquídeas moradas, su regalo de bodas. La planta no tenía nada de especial, pero para mí, representaba el último cariño que me había dado. Jamás imaginé que esta humilde maceta desvelaría una verdad más oscura que cualquier pesadilla.