Se quedó inmóvil en la entrada.
Encontré las grabaciones de audio.
Lo miré.
¿Cuál?
—Los que les enviaba a sus amigos. Hablando de ti. De mí. De todos.
Tenía el rostro pálido.
Él también me utilizó.
No dije “Te lo dije”.
No le habría servido de nada.
-Lo siento.
Tomás bajó la mirada.
—Fui un tonto contigo.
-Sí.
-Lo siento.
La noticia llegó tarde, pero llegó.
—No sé qué pensar de esta disculpa —respondí—. Pero no te deseo ningún mal.
Él asintió.
¿Puedo llevarte ropa al centro?
Sí. Coordínate con la gerencia. No conmigo.
Él lo entendió.
Ese fue el momento en que más cerca estuvimos de la paz.
Un año después, mi sala de estar ya no parecía una habitación de hospital.
Coloqué allí un sillón amarillo.
Compré plantas.
Coloqué cortinas de color claro.
He vuelto a usar perfume.
Volví a usar vestidos ajustados, no para complacer a nadie, sino para recordarme a mí misma que mi cuerpo no era solo un instrumento al que cuidar.
También comencé un curso para convertirme en auxiliar de enfermería.
Lloré en el baño durante la primera clase.
Pensaba que odiaría todo lo relacionado con cuidar de alguien.
Pero no.
Lo que detestaba eran las muestras de afecto sin respeto.
Cuidando incansablemente.
Cuidar de alguien que se burlaba de mis manos mientras yo dependía de ellas.
La profesora habló sobre el colapso del cuidador y sentí como si estuviera leyendo mi historia en voz alta.
No levanté la mano.
Aún no.
CONTINÚE LEYENDO…>>