—Tu madre dijo que lo habías cancelado.
La trabajadora social documentó las lesiones y solicitó análisis toxicológicos. Poco después, Mateo llamó a Joaquín desde Canadá.
—Tu madre no solo gastó el dinero. Usó tus documentos para conseguir créditos.
Había préstamos y refinanciamientos por más de 13,000,000 de pesos, todos con firmas falsificadas. El mismo ejecutivo había autorizado cada operación: Darío Montiel, antiguo pretendiente de Teresa y actual gerente de una financiera privada.
—Hay algo peor —añadió Mateo—. Desarrollos Integrales del Bajío aparece a nombre de Karla y de Elena. Tu esposa figura como socia con 40 %.
Elena recordó haber visto su nombre en la computadora de Karla. Cuando preguntó, la golpearon y le quitaron el teléfono.
Joaquín dejó a Elena protegida en una habitación privada y visitó a la abogada Lucía Ferrer. Ella preparó un fideicomiso real: todo bien que Teresa y Karla reconocieran como comprado con las remesas quedaría inmovilizado durante la investigación.
Esa noche, ambas firmaron sin leer. Creían que el dinero llegaría al día siguiente.
A las 2:15, Joaquín las oyó discutir en la planta alta.
—¿Y si los médicos descubren lo que le dábamos? —preguntó Karla.
—No buscarán sedantes si nadie les dice —respondió Teresa—. Necesitábamos mantenerla confundida para que dejara de revisar las cuentas.
Joaquín grabó la conversación y la envió a la trabajadora social, al contador y a la abogada. Luego entró al dormitorio de Teresa, movió el retrato de su padre y encontró la caja fuerte.
Dentro había recetas, memorias USB, fajos de dinero y 2 seguros de vida sobre Elena: uno por 30,000,000 de pesos con Teresa como beneficiaria y otro por 15,000,000 a favor de Karla. Un correo de Darío decía que, cuando Elena fuera declarada incapaz, podrían transferir sus acciones; si su salud empeoraba “de manera natural”, los seguros cubrirían todas las deudas.
Joaquín fotografió los documentos.
La lámpara se encendió.
Teresa estaba sentada en la cama, apuntándole con una pistola.
—Sabía que terminarías husmeando —dijo.
—No existe ninguna indemnización —respondió Joaquín—. Ustedes firmaron el fideicomiso porque pensaron que llegaría más dinero.
Karla apareció en la puerta y comenzó a gritar. Teresa no apartó el arma.
—Dime quién tiene las pruebas o Elena no llegará viva al tratamiento.
—No puedes acercarte a ella.
Teresa sonrió y ordenó a Karla mostrarle el teléfono. En una videollamada, Elena aparecía dormida mientras un hombre vestido con uniforme médico manipulaba su suero.
Era Darío.
Levantó una jeringa transparente hacia la cámara.
—Tu trampa llegó tarde —susurró Teresa—. Ahora entrega los documentos o tu esposa valdrá más muerta que viva.
Joaquín metió lentamente la mano en el bolsillo.
Pero no buscó su teléfono.
Presionó el botón de emergencia que la trabajadora social le había dado.
La alarma sonó.
Teresa disparó.
PARTE 3
La bala rompió el espejo detrás de Joaquín. Antes de que Teresa disparara otra vez, él golpeó su muñeca y el arma cayó bajo la cama. Karla corrió hacia la puerta, pero 3 policías subieron las escaleras y la detuvieron.
Joaquín recogió el teléfono. La videollamada seguía activa, aunque la cama de Elena ya estaba vacía.
—Darío activó una falsa alarma contra incendios y presentó una orden de traslado falsificada —informó la trabajadora social por teléfono—. Salió en una ambulancia rentada hace 4 minutos.
Teresa, esposada, soltó una risa.
—Jamás la encontrarán.
En la caja fuerte, los agentes hallaron planos de una clínica abandonada cerca de Silao. Desarrollos Integrales del Bajío la había comprado con el dinero enviado por Joaquín. Darío pensaba convertirla en un supuesto centro de rehabilitación para declarar incapaces a personas, controlar sus bienes y cobrar seguros.
La policía localizó la ambulancia por una cámara de carretera. Joaquín llegó con los agentes, no solo como Darío exigía. Dentro del edificio sin terminar encontraron a Elena sobre una camilla, consciente pero sedada. Darío sostenía una jeringa y exigía los documentos originales.
—Los papeles ya están en manos de la Fiscalía —dijo Joaquín—. Aunque me mates, no recuperarás nada.
Darío intentó acercar la aguja al suero. Elena, reuniendo la poca fuerza que le quedaba, arrancó el tubo de su brazo y lanzó el frasco al piso. El ruido distrajo a Darío. Los policías entraron por una puerta lateral y lo sometieron antes de que pudiera inyectarle la sustancia.
Joaquín corrió hacia su esposa.
—Llegaste —murmuró Elena.
—Esta vez sí.