El doctor Vance no tenía prisa.
Eso fue lo primero que Marcus notó.
El doctor no se sobresaltó. No frunció el ceño dramáticamente. No miró a nadie como si el mundo se hubiera abierto bajo sus pies. Simplemente dejó el transductor de ultrasonido con movimientos cuidadosos y precisos, tomó una pequeña toalla y se la entregó a Penélope para que se limpiara el gel del estómago.

Esa calma asustó a Marcus más que el pánico.
Su madre, Eleanor Henderson, permanecía sentada rígidamente en un rincón, con una mano enguantada sobre las perlas que adornaban su cuello. La sonrisa burlona de Roxanne había desaparecido. El padre de Marcus, Henry, quien rara vez hablaba a menos que fuera para corregir a alguien, se inclinó hacia adelante en su silla como si fuera a levantarse y exigirle una respuesta a la propia máquina.
Penélope parpadeó rápidamente.
—¿Doctor? —susurró.
El doctor Vance juntó las manos. Su voz seguía siendo suave.
“El bebé parece estar sano”, dijo. “Su latido cardíaco es fuerte. Su crecimiento es apropiado para esta etapa”.
Durante un breve instante, una sensación de alivio inundó la habitación.
Marcus exhaló ruidosamente, casi riendo.