Cuando Sarah McKenna habla de la niña que una vez tuvo en brazos, no alza la voz ni busca el dramatismo. Habla con sencillez, casi en voz baja, como si el peso de lo que ha vivido ya no necesitara adornos. Sus palabras transmiten una firmeza difícil de similar, no porque sean exageradas, sino precisamente porque no lo son.
Ella afirma que su hijo recién nacido experimentó cambios que no comprendió a los pocos días de su nacimiento. Para muchos, tal afirmación parece imposible, más cercana a una metáfora que a la realidad. Sin embargo, lo que hace que su relación resulte inquietante no es solo el contenido, sino la ausencia de artificios. No intenta convencer, solo insiste con serenidad en que lo que presencia dejó una huella imborrable.
Sarah no presenta su historia como folclore ni leyenda. No la describe como algo destinado a entretener o asustar. En cambio, la describe como una experiencia vivida, una que se repitió a lo largo de los años, durante varios embarazos y en el contexto de un lugar que su familia había considerado su hogar durante generaciones.
Ese lugar se conoce localmente como Devil’s Hollow, una remota extensión de tierra que no aparece en la mayoría de los mapas y que está lejos del ritmo de la vida urbana moderna. Es un lugar donde las tradiciones están muy arraigadas, donde las familias permanecen ligadas a la tierra no solo por la propiedad, sino también por la memoria, la identidad y la obligación. Para Sarah, también es el lugar donde, según cuenta, sufrió una serie de pérdidas profundamente dolorosas: siete hijos, cada uno afectado de maneras que desafían una explicación sencilla.