David llegó a mi funeral vestido como un viudo perfecto.
Jessica se sentó tres filas detrás.
No podía ocupar todavía mi lugar públicamente, pero ya llevaba puesto uno de mis broches.
Samuel lo notó.
No dijo nada.
Cuando terminó la ceremonia, reunió a David, Jessica y varios testigos para leer mi testamento.
David parecía impaciente.
—Mi esposa me dejó la casa y sus cuentas. Tengo una copia firmada.
Samuel tomó aquel documento.
Lo observó.
Y lo rompió.
—Eso es falso.
David se levantó.
—¿Qué?
Samuel colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Su esposa poseía activos por más de mil millones de dólares. Ninguno será suyo.
Jessica dejó escapar un pequeño grito.
David se quedó blanco.
La casa había sido transferida a una fundación.
Las cuentas conjuntas estaban congeladas.
Mis empresas permanecían dentro de fideicomisos protegidos.
David no heredaba prácticamente nada.
—¡Eso es imposible! —gritó—. ¡Yo soy su marido!
—Precisamente por eso —respondió Samuel— hemos investigado cómo esperaba convertirse en viudo.
Dos detectives entraron.
Jessica retrocedió.
Samuel encendió una pantalla.
Apareció nuestra cocina.
David preparando mi comida.
Manipulándola cuando creía estar solo.
Después apareció otra grabación.
David hablando por teléfono.
—Cuando ella muera, todo quedará resuelto.
Jessica comenzó a llorar.