Parte 2:
La enfermera apenas terminó de hablar cuando Erin se puso de pie.
—¿Quieres que me quede? —preguntó ella.
Miré la puerta.

Esa noche, por primera vez, tuve la oportunidad de elegir, algo que Scott no podía hacer por mí.
“Sí.”
Erin acercó su silla a la cama y mantuvo el teléfono en la mano. Un instante después, Diane apareció en la puerta, con la misma expresión serena que había mostrado tras la ventana de la cocina.
Miró mi cuero cabelludo vendado y luego el monitor que estaba junto a mi cama.
“Vine a ver cómo estaba”, dijo Diane.
Casi le creí.
Entonces Erin desbloqueó su teléfono y giró la pantalla hacia ella.
La grabación en el porche seguía pausada en el momento en que Diane le entregó las llaves de mi coche a Scott.
Diane se quedó mirando la imagen.
“Eso no fue lo que pasó”, dijo.
Erin no discutió.
Ella simplemente preguntó: “¿Entonces qué estabas haciendo con el candado?”
Los ojos de Diane se posaron en mí.
“No entiendes lo que es intentar proteger a tu hijo de alguien que no deja de amenazar con abandonarlo.”
Sentí un nudo en el estómago.
No porque le creyera.
Porque finalmente comprendí lo que Scott le había estado diciendo.
Hizo que mi intento de escapar sonara como una amenaza contra él.
Diane no se había limitado a observar lo que sucedía en aquel patio. Creía que le estaba ayudando a controlar el resultado.
Extendí la mano para pulsar el botón de llamada de la enfermera.
—No quiero estar a solas con ella —dije.
El rostro de Diane cambió.
Ella esperaba el perdón, o al menos el silencio.
En cambio, establecí el primer límite que ella no podía superar bajando una persiana.