Parte 1
—Esos niños no deberían estar aquí. Su madre debió aprender cuál era su lugar.
Escuché la voz de mi madre detrás de mí, en medio de la Terminal 2 del aeropuerto de Ciudad de México, y sentí que los últimos 6 años de mi vida acababan de partirse en dos.
Pero para entender por qué esas palabras me dejaron sin aire, tengo que volver 35 minutos atrás.
Me llamo Alejandro Rivas, tengo 44 años y durante casi 20 construí una cadena de hoteles boutique con propiedades en Ciudad de México, Mérida, Oaxaca, San Miguel de Allende y Los Cabos.
Aquella mañana debía volar a Monterrey para firmar la adquisición de una antigua hacienda convertida en hotel de lujo.
Era la operación más importante que había negociado.
Llegué al aeropuerto con casi 2 horas de anticipación.
Siempre había odiado llegar tarde.
Entonces apareció el aviso rojo en la pantalla:
VUELO DEMORADO POR REVISIÓN MECÁNICA.
Llamé de inmediato a mi director financiero.
—Empiecen la reunión si no alcanzo a llegar. Conéctenme por videollamada. No quiero perder esta operación.
Busqué un rincón tranquilo donde abrir la computadora.
Fue entonces cuando la vi.
Una mujer dormía sentada contra una pared, abrazada a una mochila vieja. A sus pies había una maleta azul golpeada por los años.
A cada lado de ella dormía un niño pequeño.
Uno tenía la cabeza apoyada sobre su muslo.
El otro sujetaba con ambas manos el asa de la maleta, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela mientras dormía.
Yo habría seguido caminando.
Pero la mujer se movió ligeramente y apartó un mechón de cabello detrás de su oreja.
Se me congeló el cuerpo.
Mariana.
La mujer que había desaparecido de mi vida 6 años antes.
Durante años traté de enterrarla debajo de aperturas de hoteles, juntas, contratos y vuelos.
Mi madre, Beatriz Rivas, me había repetido siempre la misma explicación:
—Mariana entendió que no encajaba en nuestra familia. Se fue porque quiso.
Yo había terminado creyéndola.
Mariana y yo nos conocimos cuando ella coordinaba eventos para una fundación de mi familia. No tenía apellido importante, ni una familia adinerada, ni interés en impresionarnos.
Y precisamente eso fue lo que enamoró de ella.
Se reía de mis cenas formales.
Me decía cuando estaba siendo arrogante.
Nunca trató a mi madre como si fuera una reina.
Beatriz la detestó desde el principio.