Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué significa eso?
Sarah levantó los ojos.
Ya no vi a la esposa paciente que durante años había esperado mis explicaciones.
Vi a una mujer cansada de fingir.
—Significa que sé lo de Rebecca.
Se me heló la sangre.
—También sé lo de Melissa. Lo de Atlanta. Los hoteles. Las supuestas reuniones de los viernes.
Cada nombre cayó como una piedra.
—Sarah…
—Y sé que empezaste cuando nuestro hijo menor todavía dormía en una cuna.
No pude responder.
Ella respiró profundamente.
—Durante mucho tiempo pensé que había algo malo en mí. Cambié mi ropa. Intenté adelgazar. Cociné tus platos favoritos. Dejé de reclamarte porque pensé que quizá yo estaba convirtiendo nuestra casa en un lugar al que no querías regresar.
Negó lentamente.
—Hasta que comprendí que ninguna versión de mí podía convertirte en un hombre fiel.
La vergüenza me quemó el rostro.
Pero entonces recordé el café.
—¿Y ese hombre?
Sarah sonrió tristemente.
—Se llama Thomas.
—¿Te estás acostando con él?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Entonces ¿por qué le permitiste tomarte de la mano?
Sarah abrió un cajón y sacó un sobre.