Lo colocó frente a mí.
—Porque Thomas es mi abogado.
Me quedé mirando el sobre.
PETICIÓN DE DIVORCIO.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Un abogado?
—También es un viejo amigo de mi hermano. Hoy me estaba explicando qué ocurrirá con la casa, las cuentas y la custodia.
Entonces comprendí aquella sonrisa.
Aquella Sarah luminosa que había visto en el café no estaba enamorándose de otro hombre.
Estaba recuperando su vida.
—¿Y la mano?
Por primera vez pareció enfadarse.
—Acababa de decirle que tenía miedo de destruir la familia de mis hijos. Me tomó la mano y me dijo que tú habías tomado esa decisión mucho antes que yo.
Bajé la mirada.
No tenía defensa.
Sarah empujó el sobre hacia mí.
—Llevo meses preparándome, David.
Dentro había registros financieros, fotografías y copias de mensajes que creía haber borrado.
Todo estaba allí.
Años enteros de mentiras organizados por fechas.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Dejaste de ser cuidadoso cuando decidiste que yo era demasiado tonta para descubrirte.
Aquella frase dolió porque era cierta.
Me levanté.
—Podemos arreglarlo.
Sarah soltó una pequeña risa.
Yo había utilizado esa misma frase con otras mujeres cuando alguna amenazaba con contarle la verdad.
Ahora entendía lo vacía que sonaba.
—Voy a cambiar.
—Quizá.
—Haré terapia.
—Deberías.
—Terminaré con todas.
Sarah me sostuvo la mirada.
—También deberías hacerlo.
Me acerqué.
—Entonces dame otra oportunidad.
Ella negó.
—Estás confundiendo convertirte en una mejor persona con recuperar a la persona que destruiste. Una cosa no garantiza la otra.
Aquella noche dormí en el sofá.
Tres semanas después me mudé.
Durante meses intenté convencerla.
Flores.
Cartas.
Disculpas.
Terapia.