PARTE 2
Larvas de salamandra del noroeste. Docenas de ellas, tal vez cientos, prosperando en el hábitat accidental que había creado la presa de hormigón de Verónica.
Corrí de vuelta a casa y le conté a Sarah lo que había encontrado. Ella abrió las leyes ambientales federales en su computadora portátil y sus ojos se abrieron de par en par mientras leía el texto.

—Papá, esto ya no es solo un problema de drenaje del condado —explicó Sarah, señalando la pantalla—. Según las nuevas regulaciones federales, si la evaluación estatal determina que existe hábitat de reproducción de salamandras en peligro de extinción, toda el área afectada se convierte en un humedal protegido a nivel federal. No hay posibilidad de apelación.
Comprendí la absoluta poesía de la situación. El desvío ilegal del arroyo por parte de Verónica había creado, sin querer, las pozas de aguas lentas perfectas para la reproducción de las salamandras. Su delito ambiental había propiciado, accidentalmente, un hábitat protegido.
—¿De qué tipo de restricciones estamos hablando? —pregunté.
—Congelación total de las obras —dijo Sarah con una sonrisa—. No se permiten modificaciones en las estructuras existentes sin permisos federales. Nada de cambios en el paisajismo, ni instalación de piscinas, ni reformas exteriores. Nada que pueda afectar al flujo del agua.
Esa noche, no pude dormir de la pura anticipación. Pero sabía que la experiencia de Verónica en ventas farmacéuticas la hacía implacable. Teníamos que estar preparados para que entrara en pánico.