Los pasos se detuvieron.
Contuve la respiración.
Desde el pasillo llegó la voz adormilada de Andrew.
—¿Emily?
No respondí.
El segundo tornillo cayó sobre el azulejo.
El sonido me pareció ensordecedor.
—¿Qué estás haciendo?
Los pasos volvieron a acercarse.
No tenía tiempo.
Tiré de la rejilla con ambas manos. No conseguí abrir la puerta, pero el ruido despertó a alguien más.
Una luz se encendió en la casa vecina.
Golpeé la puerta con el abridor.
—¡AYUDA!
Andrew apareció en la cocina.
—¿Te volviste loca?
Intentó acercarse, pero volví a gritar.
—¡LLAMEN A EMERGENCIAS!
Entonces ocurrió algo que Andrew no esperaba.
Una voz masculina respondió desde el jardín vecino.
—¡Ya llamamos!
Andrew se quedó inmóvil.
Las luces exteriores comenzaron a encenderse una tras otra.
Margaret bajó corriendo.
—¿Qué hiciste?
Me miró como si yo fuera la culpable.
—Lo que ustedes intentaron impedir —respondí.
Andrew se agachó.
—Escúchame. Vas a decir que te caíste.
—No.
—Emily.
—No.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.