PARTE 1
—¿A esto le llamas cocinar? Ahora entiendo por qué todos ponen pretextos para no comer aquí.
Elena Santillán sintió que el insulto golpeaba con más fuerza que la salsera de cristal que su nuera acababa de azotar sobre la cubierta de mármol. Sin embargo, lo que realmente le dolió fue ver a su hijo recargado junto al refrigerador, sonriendo como si aquella humillación fuera parte del espectáculo.
En la estufa hervía el mole de almendras que Elena preparaba cada Domingo de Resurrección desde hacía 32 años. En el comedor de su residencia de San Ángel brillaban 40 lugares decorados con vajilla dorada, lirios blancos y copas alquiladas. Todo había sido elegido por Vanessa, esposa de Daniel, sin consultar a la dueña de la casa.
Vanessa volvió a probar la salsa y dejó caer la cuchara con desprecio.
—Está espesa, anticuada y demasiado dulce. Mis invitados esperan algo elegante, no comida de fonda.
Daniel soltó una risa breve.
Elena apagó lentamente la hornilla. Durante 3 meses había tolerado que ambos vivieran allí después del fracaso de la constructora de su hijo. Daniel aseguró que sería algo temporal, apenas mientras negociaba con sus acreedores. Pero Vanessa ocupó 3 recámaras, despidió a Jacinta, la trabajadora doméstica que llevaba 18 años con Elena, cambió los muebles de la sala y empezó a referirse a la residencia como “nuestra casa familiar”.
Incluso había enviado las invitaciones para aquella celebración sin pedir permiso.
Cuando Elena intentó poner límites, Daniel siempre respondía lo mismo:
—Mamá, Vanessa sólo está modernizando tu vida. Deberías agradecer que alguien se preocupe por esta casa.
Modernizar, para ellos, significaba borrar sus fotografías, guardar sus libros y relegarla al segundo piso para que no incomodara.
Vanessa se limpió los labios con una servilleta.
—Por cierto, sería mejor que durante la fiesta te quedaras en tu habitación. Vendrán empresarios importantes y no queremos que empieces a contar historias de cuando Daniel era niño.
Elena miró a su hijo.
—¿Eso también lo decidieron juntos?
Daniel evitó sus ojos.
—No hagas un drama. Es sólo una comida.
El silencio que siguió pareció apagar todos los sonidos de la cocina. Elena se quitó el mandil, lo dobló con cuidado y lo dejó junto a la olla.
—Entonces no necesitarán mi casa para su fiesta.
La sonrisa de Daniel desapareció.
—¿Qué dijiste?
—Que la celebración queda cancelada.
Vanessa soltó una carcajada.
—Faltan menos de 2 horas. Hay 40 invitados en camino, un fotógrafo, músicos y una empresa de banquetes. No puedes cancelar porque te molestó una crítica.
—No me molestó la crítica. Me aclaró algo que llevaba demasiado tiempo negándome a aceptar.
Elena salió de la cocina y entró en el despacho que había permanecido cerrado desde su jubilación. Durante 27 años había sido abogada especializada en bienes inmuebles, sucesiones y fraudes patrimoniales. Daniel sabía a qué se había dedicado, pero siempre creyó que la edad había convertido su experiencia en un recuerdo inútil.
Lo que no sabía era que Elena había documentado cada abuso.
Al permitirles instalarse, les hizo firmar un convenio de ocupación temporal sin pago de renta. Daniel ni siquiera lo leyó. Vanessa se burló del documento y lo llamó “una formalidad de ancianos”. El acuerdo prohibía expresamente usar el domicilio para solicitar créditos, registrar empresas o comprometer el inmueble.
Hacía 5 días, Elena encontró en la cola de impresión de su computadora una solicitud dirigida a una financiera privada. Daniel pretendía obtener 14,800,000 pesos ofreciendo la residencia como garantía. En cada página aparecía la firma falsificada de su madre.
También encontró correos en los que Vanessa preguntaba cuánto tardaría un procedimiento para declarar a una persona mayor incapaz de administrar su patrimonio.
Elena respiró hondo y realizó 3 llamadas. La primera fue al cerrajero. La segunda, a su antigua socia, la licenciada Patricia Alcázar. La tercera, a la empresa de banquetes.
—Se cancela todo —dijo—. No permitan que descarguen nada en mi propiedad.
Desde el pasillo llegó el grito de Vanessa.