PARTE 1
La música de Año Nuevo sacudía los ventanales mientras, 1 piso abajo, Julián Salcedo estaba encadenado a una columna con la rodilla destrozada.
7 días antes, su padre había recibido una llamada de apenas 8 segundos.
—No vengas, papá. Si cruzas esa puerta, te van a matar.
La comunicación se cortó antes de que Efraín pudiera responder.
Julián tenía 34 años, había boxeado en la universidad y jamás le había pedido ayuda ni cuando peleó con 1 costilla fisurada. Por eso Efraín entendió que aquello no era una advertencia. Era una despedida.
A sus 68 años, todos en Querétaro lo conocían como un camionero jubilado que vivía solo, usaba camisas desteñidas y manejaba una vieja camioneta. Casi nadie sabía que él había fundado Rutas del Bajío, una empresa con patios de carga, bodegas y cientos de unidades entre Lázaro Cárdenas y la frontera norte. Había ocultado su fortuna durante décadas porque aprendió muy pronto que el dinero atraía afectos que desaparecían cuando se cerraba la cartera.
La noche del 31 de diciembre llegó a la casa de Julián poco después de las 23:00. Adentro había 15 invitados, copas de champaña y una banda tocando junto al comedor. Su nuera, Lorena, recibía abrazos con un vestido negro. Víctor Mondragón, padre de ella, destapaba una botella que Efraín había regalado a su hijo por un ascenso.
Entonces vio a Graciela, madre de Lorena, usando el abrigo de Teresa, la esposa fallecida de Efraín. Julián lo había guardado durante 6 años porque todavía conservaba un rastro de su perfume.
Efraín apretó el volante, pero no entró por la puerta principal. Rodeó la casa y abrió el acceso del cuarto de máquinas con una llave antigua. Él había pagado la construcción y conocía cada rincón.
En el pasillo olía a cloro, humedad y medicamento. Bajó las escaleras siguiendo un gemido casi apagado.
—¿Julián?
Algo se movió detrás de la caldera.
Su hijo estaba tirado sobre el concreto, con la camiseta rota, el rostro gris y la pierna derecha torcida. Una cadena industrial rodeaba su tobillo izquierdo y estaba fijada a la columna.
Cuando Efraín le tocó el hombro, Julián cubrió su cabeza con ambos brazos.
—No… por favor.
—Soy yo, hijo.
Julián abrió los ojos. Tardó varios segundos en reconocerlo y luego se quebró.
—Te dije que no vinieras.
—¿Quién te hizo esto?
—Lorena, Víctor y un primo de ella. Usaron un marro en mi rodilla. Después empezaron a inyectarme. Pierdo horas completas.
Efraín revisó sus brazos. Había marcas recientes de agujas.
—¿Qué quieren?
—Que firme poderes, cesiones y hojas en blanco. Creen que todas las empresas son mías.
Lorena jamás supo que Efraín conservaba el control de Rutas del Bajío mediante un fideicomiso familiar. Pensaba que Julián había heredado todo.
—¿Y después de la firma?
Julián miró hacia el techo, donde los invitados reían.
—Van a darme una dosis final y decir que sufrí una sobredosis al caer por las escaleras.
Efraín le dio agua con cuidado.
—¿Cómo lograste llamarme?
—Lorena dejó su teléfono aquí durante unos segundos. Víctor también dijo que tenían una camioneta esperando para sacarte de la carretera si aparecías.
Se escucharon tacones bajando.
Julián palideció.
—Escóndete.
Efraín se metió detrás de una estantería y activó la grabadora del teléfono.
Lorena entró con un plato de arroz frío, lo dejó en el suelo y se agachó frente a su esposo.
—Última oportunidad, amor. Firma y todos podremos descansar.
—No voy a firmar.
Ella apoyó el tacón sobre la rodilla destruida y presionó. Julián gritó mientras arriba comenzaba la cuenta regresiva.
—¡10!
Lorena sacó una jeringa.
—¡9!
—Después de esto, nadie volverá a llamarte terco —susurró.
—¡8!
Víctor bajó con una carpeta y una pistola oculta a medias bajo el saco.
—A medianoche firmas o dejas de respirar.
—¡7!
Efraín siguió grabando. Entonces alcanzó a leer el documento que Víctor sostenía.
El nombre no era el de Julián.
Era el suyo.
Y al pie ya aparecía una firma falsa de Efraín Salcedo.
Si tú hubieras visto eso, ¿habrías salido de inmediato o esperado para descubrir quién más estaba metido? Busca la parte 2.