PARTE 1
—¡Que esa pelona se esconda cuando lleguen mis amigas! —gritó Karla desde la sala, mientras Elena recogía de rodillas los pedazos de un plato roto en el patio.
Joaquín Salgado acababa de regresar sin avisar a León, Guanajuato, después de 4 años trabajando como soldador industrial en Fort McMurray, Canadá. La planta había suspendido operaciones por un incendio menor y él aprovechó las semanas libres para sorprender a su familia.
Durante ese tiempo había soportado turnos de 12 horas, inviernos de −30 °C y cenas recalentadas en un cuarto rentado. Casi 100,000 dólares al año habían salido de su cuenta hacia la de su madre, Teresa. El dinero debía pagar la construcción de una casa, asegurar el futuro del matrimonio y cuidar a Elena mientras él juntaba suficiente para volver definitivamente.
Al llegar encontró una residencia de 2 pisos con portón de herrería dorada, cocina de mármol, una camioneta nueva y muebles que parecían de catálogo. Sintió orgullo durante menos de 1 minuto.
Luego vio a su esposa junto al lavadero.
Elena estaba tan delgada que el vestido le colgaba como una sábana. Llevaba un gorro tejido a pesar del calor de abril. Cuando lo reconoció, no corrió hacia él. Retrocedió contra la pared y se cubrió la cabeza con ambas manos.
Joaquín le quitó el gorro con cuidado.
No tenía cabello. Su cuero cabelludo mostraba pequeñas cortadas y manchas de sangre seca.
Teresa salió al patio con un conjunto de seda, pulseras de oro y una cadena gruesa. Detrás apareció Karla, la hermana menor de Joaquín, con un teléfono de última generación y una bolsa de diseñador.
—No armes un escándalo —dijo Teresa—. Elena usó químicos baratos y se quedó así. Ella se lo buscó.
—Además está obsesionada con adelgazar —añadió Karla—. Vive de tu dinero y todavía quiere dar lástima.
Joaquín vio una venda debajo de la manga de Elena y una marca amarillenta en el brazo, justo donde habían colocado una vía intravenosa. Quiso exigir explicaciones, pero recordó que la casa, las cuentas y casi todas las compras estaban a nombre de Teresa o Karla. Si las enfrentaba sin pruebas, podían mover el dinero y acusar a Elena de estar trastornada.
Así que sonrió.
—Volví porque la empresa me dará una indemnización y acciones por casi 9,000,000 de pesos —mintió—. Solo debo demostrar que tengo propiedades e inversiones en México.
La transformación fue inmediata.
Teresa le tomó el brazo con ternura fingida. Karla empezó a hablar de cambiar la camioneta, abrir un spa y viajar a Cancún. Nadie preguntó por qué Joaquín miraba a Elena como si acabara de encontrarla al borde de una tumba.
Esa noche, en el cuarto húmedo que le habían asignado junto al patio, Elena cerró la puerta y se desabotonó la blusa. Debajo del vendaje había una cicatriz reciente.
—Tengo cáncer de mama —susurró—. Encontraron el tumor hace 5 meses.
Había pedido 6,000 pesos para estudios. Teresa se negó, dijo que inventaba enfermedades para robar y le prohibió contarle algo a Joaquín. Karla vigilaba sus llamadas y revisaba sus mensajes. Sin efectivo, Elena cortó y vendió su larga cabellera a un taller de pelucas para pagar el traslado, la consulta y la biopsia. Después, al quedar mechones irregulares, intentó raparse sola con una máquina vieja.
Mientras Teresa compraba joyas, Elena había vendido su cabello para saber si iba a morir.