La enfermera gritó porque apareció algo en la pantalla que parecía una boca.
No era una boca viva. Una sombra retorcida y brillante con puntos blancos alineados como dientes dentro de una masa enorme que ocupaba mi vientre. No entendía nada. Solo veía manchas, huecos, algo redondo donde había imaginado la cabeza de un bebé.

El médico apagó el sonido de la máquina.
“Señora Morales, esto no es un embarazo”.
Sentí como si alguien me hubiera arrancado los calcetines amarillos del alma.
“Entonces… ¿qué es?”
El médico miró hacia la puerta, donde mis hijos seguían de pie.
“Es una masa ovárica muy grande. Tiene partes sólidas, líquidas y calcificaciones. Debido a su tamaño ya sus síntomas, podría romperse o retorcerse en cualquier momento. Necesito trasladarla a urgencias ahora mismo”.
Mónica soltó una risa nerviosa.
¿Una misa? ¿Entonces mi madre no está embarazada? ¿Ve, doctor? Se lo dije. Está delirando.
El médico se volvió hacia ella.
“Tu madre no está delirando. Su cuerpo estaba produciendo señales que podrían confundirse con un embarazo. Y deberías haberla traído hace meses”.
El silencio fue como una bofetada para mis tres hijos.
Arthur frunció el fruncido.
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“Espera, ¿estás diciendo que necesita cirugía?”
“Si.”
¿Hoy?
“Si fuera mi madre, no esperaría ni una hora”.
Julian finalmente se quitó los auriculares.
“¿Y cuánto va a costar esto?”
Cerré los ojos.
No me preguntó si iba a vivir.
Preguntó cuánto.
El médico también lo notó. Su rostro cambió. Ya no se trataba solo de preocupación médica. Era algo más: desconfianza.
«Voy a pedir una ambulancia para trasladarla a un hospital con quirófano y oncología ginecológica. También voy a llamar a los servicios sociales».
Mónica se puso tensa.