La fotografía llegó a la oficina de Sarah Chen envuelta en papel marrón y en completo silencio.
Sin remitente. Sin nota. Solo un daguerrotipo de 1863 sellado en un estuche forrado de terciopelo, con la superficie plateada opacada por el tiempo pero aún extrañamente intacta. Sarah casi no lo abrió. Tras diez años como historiadora forense, había aprendido a confiar en esas pequeñas señales instintivas que la invadían antes de que algo anduviera mal. Pero la curiosidad —su vicio más antiguo— la venció.
La imagen mostraba a una familia congelada en la compostura victoriana: un hombre de pie, con aire seguro, detrás de su esposa sentada, y dos hijas pequeñas dispuestas simétricamente frente a ellos. Riqueza, orden, control. La historia de siempre.