El teléfono sonó a las 3:14 de la tarde; un sonido estridente e intrusivo que rompió la serenidad de la habitación del bebé. Estaba de rodillas sobre la alfombra mullida, con mi barriga de ocho meses apoyada pesadamente sobre mis muslos, mientras doblaba un pequeño body. Era de un amarillo tan suave que parecía luz del sol hilada, una promesa de la vida que crecía dentro de mí.
