Porque recordaba la mano que lo cortó.
Recordaba al hombre que se arrodilló mientras los demás permanecían de pie. Recordaba la comida colocada en el barro. Recordaba que le habían dado la opción de elegir, aunque fuera la más mínima, después de días sin tener ninguna.
Y cada vez que aquel carrito de verduras bajaba por la cuneta, pasando por la camioneta con la banderita, por el buzón, por el lugar donde el barro había retenido a sus cachorros, la perra madre empezaba a mover la cola antes de que él llegara.
Ella conocía ese sonido.
Era el sonido de alguien deteniéndose.