—Vendiste tu casa sin consultarme y le diste una buena parte de ese dinero a Óscar cuando quiso poner un negocio. Era tu propiedad y respeté tu decisión. Esta propiedad pertenece a Mariana y a mí. ¿Por qué nuestra decisión tendría que ser diferente?
Óscar intervino.
—Porque mamá vive aquí.
—Vivir aquí no la hace dueña.
Brenda cruzó los brazos.
—Pues ustedes ya compraron otra casa. ¿Qué les cuesta dejar esta para mamá y Óscar?
No pude evitar mirarla.
Por fin lo había dicho claramente.
No estaban peleando porque Teresa pudiera quedarse sin techo.
Querían la propiedad.
—Nos cuesta el dinero que trabajamos durante años para pagarla —respondí—. Nos cuesta el crédito que seguimos pagando. Nos cuesta el patrimonio de nuestro hijo. Y nos cuesta aceptar que ustedes crean que pueden repartir algo que jamás les perteneció.
Brenda hizo una mueca.
—Siempre tan calculadora.
Saqué mi teléfono.
—¿Calculadora como mi madre, que vendió una parcela para ayudarnos con el enganche cuando nosotros no completábamos?
Doña Teresa bajó la mirada.
Daniel continuó:
—Mamá, te traje una solución.
Le entregó una hoja.
Era el contrato de renta del departamento que habíamos apartado.
—Tiene elevador, una recámara, cocina, está a 10 minutos de la clínica y nosotros pagaremos los primeros 6 meses. Después seguiremos apoyándote con una cantidad mensual y tus medicamentos.
Teresa miró el documento.
Su expresión cambió.
Por primera vez pareció comprender que no intentábamos abandonarla.
—¿Ya lo rentaron para mí?
—Sí.
—¿Y podré ver a Emiliano?
—Claro. Sigues siendo su abuela. Solo queremos que haya límites.
Yo me acerqué.
—Nunca quise quitarte a tu hijo. Pero el día que encerraste la comida y dejaste a mi madre sin electricidad, cruzaste un límite que no volveré a permitir.
Teresa apretó los labios.
Parecía a punto de aceptar.
Entonces Brenda se acercó a su oído.
—No firmes nada. Si aceptas ese departamento, pierdes tus derechos. Pídeles una parte del dinero de la venta.
Daniel escuchó.
—¿Qué derechos, Brenda?
Ella titubeó.
Óscar intervino:
—Mamá merece dinero. Tú eres el hijo mayor. Tienes obligación de responder por ella y también de ayudar a tu hermano.
—Ayudar no significa regalarte una casa.
—¡Entonces dale mínimo un millón de pesos! —soltó Brenda—. Para que tenga una vejez digna.
Hasta Teresa volteó a verla.
Un millón.
Brenda lo había dicho como quien pide que le pasen la sal.
Daniel respiró profundamente.
—¿Sabes cuánto dinero recibimos por esta casa? ¿Sabes cuánto debemos todavía de la nueva? ¿Sabes cuánto cuesta la escuela de Emiliano? No. Porque no te interesa. Solo escuchaste “venta” y empezaste a hacer cuentas con dinero ajeno.
Óscar dio un paso hacia él.
—No seas miserable.
Entonces abrí la carpeta que llevaba preparada.
Había reunido transferencias, recibos médicos y pagos de los últimos 4 años.
—Operación de cataratas de doña Teresa. Medicamentos para la artritis. Dentista. Estudios. Seguro médico. Apoyo mensual. Y aquí están también 2 deudas de Óscar que Daniel pagó porque Teresa vino llorando a nuestra casa diciendo que podían embargarle cosas.
Óscar perdió el color.
No mencioné las cifras para humillar a nadie.
Solo coloqué los comprobantes sobre la mesa.
—Nunca hemos dejado sola a Teresa. Pero cuidarla no significa entregarle nuestras escrituras.
La asesora inmobiliaria intervino con cautela.
—Necesitamos comenzar la revisión del inmueble. Los compradores tienen derecho a recibirlo hoy.
Doña Teresa volvió a colocarse frente a la puerta.
—Yo no me muevo.