La prueba final
El clímax de su drama se produjo cuando la compañía de Sebastian se enfrentó a una adquisición hostil orquestada por la familia de Vanessa y un grupo de inversionistas descontentos que se sintieron “engañados” por su farsa. Lo demandaron, alegando que su estado psicológico lo hizo inadecuado para liderar.
El caso judicial fue un circo. Trajeron a psiquiatras para argumentar que su “traje de grasa” era un signo de una mente fracturada.
Clara subió al estrado.
“Lo llaman un engaño”, se burló el abogado contrario. – Díganos, señora Montemayor, ¿no es cierto que su esposo lo obligó a casarse bajo falsos pretextos? ¿No es cierto que es un manipulador que disfruta usando máscaras?
Clara miró a Sebastián. Parecía vulnerable, con las manos agarrando la mesa de caoba.
“Él no me obligó a amarlo”, dijo Clara, con la voz que resonaba en la sala del tribunal. “El mundo está lleno de gente que pretende ser amable mientras son monstruos. Sebastian es el único hombre que conozco que fingió ser un monstruo solo para ver si la bondad todavía existía. Si eso es una enfermedad, entonces espero que sea contagiosa”.
La demanda fue desestimada. Pero la victoria se sintió hueca hasta que regresaron a casa.
Epílogo: La reflexión del alma
Un año después de su aniversario, no hubo una gran fiesta.
Clara y Sebastián se sentaron en un pequeño jardín que se habían plantado. No había siervos, ni máscaras, ni deudas. Sebastian había renunciado como CEO, entregando las riendas a una junta de confianza, eligiendo en su lugar dirigir una fundación que proporcionaba cirugía reconstructiva para las víctimas de quemaduras y aquellos con cicatrices físicas, personas que, como su personaje “Baste”, fueron ignoradas por el mundo.
Clara ya no era la “niña sirvienta”. Era una compañera.