—He venido a hablar con mi hijo —anunció al entrar.
—Solo está acostando a Lily —dije—. Puedes esperar si quieres.
Se sentó rígidamente en el borde del sofá y entonces se fijó en el vestido que colgaba del sillón.
Sus labios se tensaron.
—¿Eso es para la niña? —preguntó.
“Sí. Está deseando esperar.”
—Bonita —murmuró—. Las cosas frágiles siempre lo son.
Cuando Glen entró, Ida se puso de pie inmediatamente.
“Glen, esta es tu última oportunidad. Cancela la boda.”
Se detuvo en el umbral.
—¿Por qué atarte a una mujer con problemas? —continuó Ida—. Podrías tener a la chica que quisieras.
El cuerpo de Glen se puso rígido.
“Mamá, ya hemos hablado de esto…”
—Lo digo en serio —lo interrumpió bruscamente—. Si te casas con ella, jamás aceptaré a esa niña. No es de nuestra sangre.
Me quedé paralizado.
Un familiar miedo al abandono me invadió, pero me obligué a responder.
“Lily no es una carga, Ida. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.”
Ida resopló.
Luego se giró hacia Glen, suavizando su voz.
“Solo piensa en lo que te dije, cariño. Eso es todo lo que una madre desea.”
Glen la acompañó hasta la puerta.
Colgué con cuidado el vestido terminado de Lily en el armario.
—Ya se acostumbrará —me dijo Glen—. Cuando vea lo felices que somos.
—Eso espero —susurré—. Por el bien de Lily.
Ninguno de los dos entendía hasta dónde estaba dispuesta a llegar Ida.
Ella regresó todos los días de esa semana.
Y en cada ocasión, Glen se negó a cancelar la boda.
La mañana de nuestra boda, Lily subió corriendo las escaleras, ansiosa por convertirse en mi niña de las flores.
“Mamá, me voy a poner el vestido ahora.”
Sonreí.
“Adelante, cariño. Enseguida te abrocho los botones.”
Entonces la oí gritar.