Fue porque ya no permitiría que el recuerdo de aquella familia decidiera qué lugares podía ocupar.
Al entrar al salón, Adriana la encontró junto a las escaleras.
—¿Sabes qué es lo curioso? —preguntó.
—¿Qué?
—Beatriz decía que necesitaba 90,000 pesos para que todos vieran quién era.
Daniela sonrió.
—¿Y?
Adriana levantó su copa.
—Al final todos descubrieron quién era gratis.
Daniela soltó una pequeña carcajada.
Aquella noche regresó sola a casa.
Dejó las llaves sobre la mesa y contempló el silencio.

Meses atrás, ese silencio le habría parecido vacío.
Ahora parecía libertad.
Porque finalmente había entendido que mantener económicamente una casa no significaba pertenecer a quienes vivían dentro.
Y que la noche en que Beatriz levantó aquel bastón creyendo que estaba poniendo a Daniela en su lugar, cometió el error que derrumbó todo:
Le mostró exactamente por qué tenía que marcharse.
FIN.