Tomé la fotografía y sentí que el mundo se detenía bajo mis pies. Mi madre, Silvia, aparecía sentada junto a la ventana, pero el lado izquierdo de su rostro estaba marcado por cicatrices profundas y dolorosas. Ricardo me explicó entre suspiros que todo fue a causa de una explosión accidental en la cocina hace cinco meses. Sentí una oleada de furia al darme cuenta de que nadie se dignó a avisarme sobre una tragedia de tal magnitud. Él se limitó a decir que no estaba seguro de si yo atendería el teléfono, pero la cruda realidad era que simplemente había esperado demasiado tiempo para buscarme.
Ricardo admitió que había estado siguiendo mi trabajo a través de las redes sociales. Me resultó sumamente irónico que el mismo hombre que me echó a la calle por querer dedicarme al maquillaje profesional hubiera pasado años vigilando mi carrera desde las sombras. Me confesó que mi madre estaba sumida en una profunda depresión, negándose a salir de su habitación o a ver a cualquier miembro de la familia. Fue entonces cuando comprendí la verdadera razón de su inesperada visita: no estaba allí porque me extrañara como hijo, sino porque yo volvía a serle de utilidad. Quería que yo fuera a ocultar las cicatrices de mi madre porque ella detestaba verse al espejo.