Y me di cuenta de que estaba a punto de escuchar la primera señal de tristeza de algo que no podía creer que estuviera a punto de desaparecer…
Parte 2…
Hace seis días, cuando Rodrigo fue a nadar, yo estaba en el corazón de Valentina.
Hija dormía hecha un tazón en la orilla trasera del dormitorio. La falda estaba arrugada en el lado izquierdo, justo donde Rodrigo había estado parado. La luz de la luna seguía el encendido, proyectando una luz amarilla sobre sus pasos.
Pon la mano detrás de la almohada.
No había nada.
Métete dentro de la estantería, debajo de los peluches, lejos de la cabeza. Nada. Hay una franja rosa entre la cama y la base.
Lo jalé con cuidado.
Era una vieja caja de pulsera, amarillenta, borrada de hospital. Tenía una etiqueta con letras antiguas.
Alcancé a leer:
“L. Salgado R.”
Debajo venía una fecha.
El mismo cumpleaños de Valentina.
El agua del registrador ya no contiene señales de sonar.
Observé el pulso dentro de mi brasero, me sequé las lágrimas con la mano de mi pijama y fui a la cocina como si nada hubiera pasado.
Prepara café. Calenta tortillas. Dejé fruta para el almuerzo de Valentina con manos que no parecían mías.
Rodrigo caminó minutos después con la camisa azul, el reloj querido y esa calma que antes me parecía seguridad.
—Buenos días —digo besándome la mejilla.
Sentí sumi.
Valentina entró caminando pesadamente con una mochila de unicornio. Se detuvo frente a nosotros y miró a Rodrigo.
—Papá, ¿tú también viniste a mi casa?
La taza se coloca en el centro de la chimenea.
—¿Qué pides, princesa?
—Porque escuché que llorabas.
El silencio se cierne sobre la cocina como una puerta cerrada.
Abrí el cuchillo con el cortador.
Rodrigo sonrió, pero no se llevó las manos a los ojos.
—Soñaste, mi amor.
Valentina bajó la mirada.
—¿También sueñan con mi mano?
La fruta se me cayó de las manos.
—¿Qué hermanita, Vale? —rezó, asegurándose de que mi voz no se quebrara.
Ella estaba encogió.
—Papá me dijo que no debía hablar de esto.
Rodrigo se levantó de golpe.
—Si llegamos tarde a la escuela.
—Rodrigo —dice.
—Dije que se hace tarde.
Nunca me había hablado así antes de nuestra hija. Frío. Duro. Como si yo fuera una enfermera que hubiera sido malinterpretada de esa manera.
Pero has visto la cámara.
Ya había leído la pulsera.
PARTE 4