“No he terminado.”
“No hace falta. Ese dinero es para mi hija.”
Mi madre parecía ofendida, como si mi hijo por nacer la hubiera insultado.
“Brianna lo necesita ahora mismo.”
“Entonces Brianna podrá encontrar otra solución.”
Su rostro se tensó.
“¿Por qué eres siempre tan egoísta?”
La miré fijamente. Le había pagado el alquiler a Brianna, cubierto sus gastos y le había prestado dinero que nunca me devolvió. Sin embargo, la primera vez que protegí algo para mi hija, me volví egoísta.
—No —repetí.
Esa sola palabra lo cambió todo. Mi madre se acercó, con voz baja y cruel.
«Ella se lo merece más que tú».
Algo dentro de mí se aquietó. Finalmente vi la verdad que había evitado durante años. Mi madre no solo favorecía a Brianna. Creía que mi vida, mi dolor e incluso el futuro de mi bebé importaban menos. Me giré antes de decir algo de lo que jamás podría retractarme. Entonces un dolor repentino me golpeó el estómago, y la habitación pareció tambalearse. Mi madre me había golpeado. Tropecé hacia atrás, perdí el equilibrio cerca de la piscina y caí al agua. El frío me envolvió. Mi vestido me arrastró hacia abajo. Durante unos segundos aterradores, luché por salir a la superficie, sin aliento y confundida. A través del agua, oí voces sobre mí: no eran de pánico ni de preocupación, sino risas. La voz de mi padre rompió el silencio.
“Déjala.”