Le recordé que
el médico había dicho que esperara,
que no era algo inmediato.
Que aún había una posibilidad.
Pero él ya no escuchaba.
Ya había decidido.
“¿Quién es?” preguntó.
Me quedé helada.
“El padre”, dijo. “Dime quién es”.
Sentí náuseas.
No por el embarazo.
Por él.
Esa misma noche, preparó una maleta.
No todo.
Solo lo suficiente para dejar claro que ya tenía otro lugar adonde ir.
“Me quedo con Paola”, dijo.
Paola.
Su compañera de trabajo.
La que solía enviarme mensajes de texto para pedirme recetas.
La que me decía lo afortunada que era.
La que claramente había estado esperando este momento.
Al día siguiente, apareció su madre.
No para ayudarme.
Para recoger sus cosas.
“Qué vergüenza, Laura”, dijo, mirando mi vientre con silencioso disgusto. “Mi hijo no se merecía esto”.
“No fui infiel”.
Sonrió como si ya lo hubiera oído todo antes.
“Todos dicen eso”.
En cuestión de días, la historia se extendió.
Los vecinos susurraban.
La gente miraba fijamente.
La esposa infiel.
La mujer que quedó embarazada después de la cirugía de su marido.
Diego tampoco se quedó callado.
Publicó una foto con Paola en un restaurante.
Su mano en su brazo.
Un pie de foto que me hizo oprimir el pecho:
“A veces perder una mentira te trae paz”.
Lo leí en el baño, temblando, apenas pudiendo respirar.
No había paz.
Solo miedo.
Miedo a perderlo todo.
Miedo a criar a un hijo sola.
Miedo a que mi bebé llevara el nombre de un hombre que ya lo odiaba.
Dos semanas después, Diego pidió vernos.
No vino solo.
Paola estaba con él.
Y también una carpeta.
“Quiero que esto se haga rápido”, dijo. “Divorcio. Y una prueba de ADN cuando nazca el bebé.