Me empujó.
Yo golpeé la cabeza contra la banqueta y perdí el conocimiento.
Roberto recibió el impacto.
Murió antes de llegar al hospital.
—Él decidió salvarte —dijo mi madre—. No provocaste su muerte. Eras su hija. ¿Qué crees que habría hecho cualquier padre que te amara?
Rompí a llorar.
Había pasado 20 años castigándome por haber sobrevivido.
—Tu papá jamás habría querido que convirtieras su último acto de amor en una condena.
Me abrazó.
Esta vez sí sentí a mi madre.
No a Esperanza.
No a una mujer desconocida.
A mamá.
Cuando pude hablar, hice la pregunta que todavía faltaba.
—¿Y qué te ocurrió a ti?
María Elena cerró los ojos.
Después de la muerte de Roberto cayó en una profunda depresión. Meses más tarde, una noche yo me había quedado en casa de mi tía Patricia mientras ella trabajaba.
Regresó antes de terminar su turno.
La casa estaba ardiendo.
Entró porque dentro había una caja de madera con documentos, fotografías y recuerdos de mi padre.
Una explosión de gas la lanzó contra una pared.
Logró salir por una ventana trasera, herida y desorientada.
Caminó durante horas sin saber dónde estaba.
Un trailero la encontró inconsciente cerca de la carretera y la llevó a una pequeña clínica.
No llevaba identificación.
Despertó varios días después sin recordar su nombre.
Ni su ciudad.
Ni que tenía una hija.
Luego abandonó la clínica confundida y comenzó una vida que se extendió durante 20 años entre trabajos temporales, albergues y noches en la calle.
—Hubo gente buena —me dijo—. Pero también hubo gente que veía que yo estaba perdida y se aprovechaba.
Me dolió escucharla.
Sobre todo porque recordé la primera vez que entró a mi casa.
Yo también la había visto como si valiera menos.
Al regresar a Monterrey, Lucas nos esperaba desesperado.
—¿Dónde estaban? He llamado como 30 veces.
Lo abracé.
—Lucas… volvió.
—¿Quién?
Miré a mi madre.
Ella sonrió entre lágrimas.
—María Elena.
Lucas comprendió.
Y la abrazó.
Durante los meses siguientes comenzaron a regresar pequeños recuerdos.
Mi madre recordó que de niña yo quitaba el cilantro de la comida.
Recordó una canción que me cantaba cuando tenía fiebre.
Recordó que guardaba monedas en una lata para comprarme zapatos antes de cada ciclo escolar.
Cada recuerdo era diminuto.
Para nosotras era un pedazo de vida recuperado.
Y mientras mi madre reconstruía su identidad, yo tuve que enfrentar la mía.
La mujer que durante años había hablado de las personas sin hogar como si todas hubieran elegido esa vida era hija de una mujer que había sobrevivido 20 años en las calles.
Una mañana fui con Lucas al comedor comunitario.
No llevé ropa elegante.
No hubo fotografías.
Me puse un mandil y comencé a servir frijoles, arroz y guisado.
Una anciana con ropa sucia extendió su plato.
Por un instante recordé mi mano cubriéndome la nariz cuando vi por primera vez a mi madre.
Sentí vergüenza.
—¿Quiere un poco más?
La mujer sonrió.
—Si alcanza, sí, hija.
Le serví otra cucharada.
Lucas me observó desde la otra mesa.
No dijo nada.
No hacía falta.
Semanas después, durante la cena, mi madre mencionó un nombre.
—Necesito encontrar a Teresa.