Me sudaban las manos.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía ver.
Volví a enfocar mi mirada y continué.
“Sé que me dijiste que sacara esas cosas de la casa, pero no pude meterlas en la camioneta. Ya he tenido bastantes problemas limpiando el asiento y el maletero. Cuando resuelva lo de Guadalajara, iré contigo. Solo necesito tiempo para que nadie ate cabos.”
Nadie une los puntos.
Esa frase me dejó sin palabras.
Ella no dijo “separados”.
No decía “divorcio”.
No dijo “explícale la verdad”.
Dijo que nadie debería atar cabos.
Continué leyendo, conteniendo la respiración.
“El accidente de tráfico fue un accidente. Tú lo sabes. Si hubiera llamado a una ambulancia, todo se habría desmoronado. Ya habíamos perdido demasiado. No iba a perderlo todo.”
Mis ojos permanecieron fijos en esa línea.
Sobre el camino.
Accidente.
Ambulancia.
Sentí náuseas.
Busqué desesperadamente entre los papeles.
Y entonces lo encontré.
Un artículo de periódico impreso.
Una noticia local de Monterrey de hace dos meses.
El titular decía:
**“MUJER EMBARAZADA DESAPARECE TRAS SALIR DE UNA CITA MÉDICA.”**
La fotografía era la misma.
Mariana.
La mujer con la credencial.
La esposa.
Leí el texto casi sin pestañear.
Había salido de la clínica al anochecer.
Nunca regresó a casa.
Su familia sospechaba de su pareja sentimental, pero no había pruebas suficientes.
La policía continuó con la investigación.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
Alejandro no me estaba engañando con una mujer viva que estaba esperando a que él dejara a su esposa.
No.
Alejandro me había ocultado, literalmente bajo mi cuerpo, los sucios restos de una historia que olía a crimen.
Y entonces comprendí de dónde provenía ese olor agrio.
No era solo la humedad.
No era tierra.
Se trataba de prendas que habían estado guardadas mojadas durante semanas.
Ropa con manchas de sangre vieja.
Ropa con miedo.
Ropa de una mujer desaparecida.
Me levanté como pude.
Tenía que salir de esa habitación.
Tuve que llamar a la policía.
Cogí el teléfono de la mesita, pero justo en ese momento se encendió la pantalla.
**Llamada de Alejandro.**
Me quedé paralizado.
El teléfono vibraba en mi mano como un animal atrapado.
No respondí.
La llamada se cortó.
Un segundo después llegó un mensaje.
**“La reunión se canceló. Me voy. Volveré en dos horas.”**
Dos horas.
Miré el colchón abierto.
Los paquetes.
Las fotos.
La carta.