Si echas la vista atrás a los últimos meses, probablemente no recuerdes un solo día en el que te hayas sentido realmente despreocupado. No porque tu vida sea mala, sino porque has entrado en un estado de supervivencia y recuperación. Sigues adelante, sigues saboteándote, pero no te queda otra opción. Todo se ha convertido en una obligación, ya nada es un juego.
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