Doblado… con cuidado.
Un vestido. Una blusa. Ropa interior.
Todo estaba manchado. Todo estaba arruinado. Todo estaba impregnado de ese mismo olor nauseabundo y agrio que había atormentado sus noches durante meses.
Sintió que se le cortaba la respiración.
“Esto… esto no es posible…”
Su mente buscaba desesperadamente una explicación lógica. Un error. Un malentendido. Algo inofensivo.
Pero nada tenía sentido.
¿Por qué Miguel escondería ropa de mujer en un colchón?
¿Por qué esconderlos?
Sintió una opresión en el pecho.
Entonces ella lo vio.
En el fondo de la bolsa… algo pequeño.
Introdujo la mano, sus dedos rozaron la tela húmeda y la sacó.
Un collar.
Sencillo. Plateado.
Pero ella lo reconoció al instante.
Se le revolvió el estómago.
Le pertenecía a Camila.
Su mejor amiga.
La misma amiga que había desaparecido repentinamente hacía cuatro meses.
El mismo amigo Miguel la había ayudado a buscar.
La misma amiga cuyo nombre apenas podía pronunciar sin apartar la mirada.
Sus rodillas tocaron el suelo.
“No…”
Todo dentro de ella comenzó a derrumbarse de repente.
Viajes nocturnos.
Viajes de negocios repentinos.
Su manera de evitar preguntas.
La forma en que la miraba cada vez que ella se acercaba a la cama.
Todo esto condujo a una verdad aterradora.
No se trataba simplemente de ocultar algo.
Esto ocultaba algo.
Sus manos comenzaron a temblar incontrolablemente.
Apretó el teléfono con fuerza contra su pecho.
Mantuvo la mirada fija en la pantalla durante un largo rato.
Finalmente, marcó el número.
Cuando la operadora contestó, su voz apenas era audible.
“Yo… necesito a la policía.”
Las horas que siguieron parecieron irreales.
Los agentes de policía irrumpieron en su habitación. Las preguntas llovían sin cesar, superpuestas e incisivas.
Se llevaron la bolsa.
La ropa.
El collar.
Cortaron más profundamente el colchón… y encontraron más.
Ni una sola bolsa.
Varios.
Cada uno sellado.
Cada uno de ellos desprendía el mismo olor insoportable.
Cuando el avión de Miguel aterrizó esa noche… la policía ya lo estaba esperando.
Ella no estaba allí cuando lo arrestaron.
No pudo haber sido ella.
En cambio, se sentó sola en su sala de estar, envuelta en una manta, con la mirada perdida en el vacío.
Unas horas más tarde, regresó un detective.