PARTE 2
Durante las primeras semanas, Mateo intentó convencerse de que Diego sólo estaba traumado. Después del supuesto accidente, su amigo ya no era el mismo. Se bañaba solo. Se cambiaba de espaldas. Evitaba las bromas. Vomitaba por las mañanas y se llevaba una mano al abdomen cuando creía que nadie lo veía.
—Te conozco desde hace años —le dijo Mateo una noche, junto a los lavaderos—. No me digas que no pasa nada.
Diego bajó la mirada.
—No preguntes.
—Claro que voy a preguntar. Eres mi hermano, aunque no llevemos la misma sangre.
El soldado apretó los labios.
—Entonces hazme caso: no confíes en Salgado ni en Robles.
Mateo sintió un escalofrío.
A partir de ahí empezó a mirar distinto. El capitán Salgado no se burlaba de la barriga de Diego, como los demás. La vigilaba. Robles tampoco hacía chistes. Esperaba. Como si supiera que tarde o temprano aquella mentira iba a reventar.
Y la mentira venía de más atrás.
El verdadero Diego Mendoza nunca perdió la memoria. Antes de desaparecer, había encontrado documentos que probaban robos dentro del cuartel: combustible cobrado 3 veces, uniformes que nunca llegaron, comida inflada en facturas, transferencias a cuentas privadas. Salgado y Robles llevaban años robando dinero destinado a los soldados.
Diego guardó fotos y copias.
No alcanzó a denunciar.
Lo golpearon detrás de los almacenes y lo aventaron a un arroyo, creyendo que la corriente se llevaría el cuerpo.
Pero Diego sobrevivió.
Arrastrándose, con la cabeza abierta y la pierna destrozada, llegó a la casa de su hermana gemela, Daniela.
Ella era militar también, asignada a otra unidad, y se parecía tanto a él que de niños hasta su madre los confundía. Cuando lo vio llegar bañado en lodo, casi muerto, entendió que no había tiempo.
—Voy a entrar por ti —dijo.
—Estás loca.
—Tú no puedes regresar así. Yo sí.
Había algo que volvía aquella decisión más peligrosa: Daniela tenía 8 semanas de embarazo. Mellizos. Nadie lo sabía. El padre había desaparecido apenas se enteró.
Aun así, se cortó más el cabello, se fajó el pecho, ensayó la voz ronca de Diego y volvió al cuartel fingiendo ser él.
Su plan era encontrar las pruebas definitivas y salir antes de que el cuerpo la delatara.
Pero los meses pasaron.
La barriga creció.
Los bebés se movieron.
El uniforme dejó de cerrar.
Y el miedo se volvió insoportable.
Una noche, cuando Salgado y Robles salieron del área administrativa, Daniela se metió a la oficina. Fotografió carpetas, recibos, depósitos, nombres. Una contracción la dobló sobre el escritorio.
La puerta se abrió.
Salgado entró primero.
—Sabía que ibas a recordar.
Robles cerró por dentro.
—Ahora sí te cargó la chingada.
Daniela escondió el celular en el bolsillo.
—Ya tengo todo.
Salgado sacó la pistola.
—Entonces esta vez no vas a salir vivo.
Daniela empujó una silla, corrió al pasillo y chocó con Mateo.
—¡Sácame de aquí! —susurró, agarrándose la barriga.
Mateo no entendió nada.
Pero la subió al coche.
Y cuando llegaron al hospital, la verdad empezó a nacer antes que los bebés.
Porque justo cuando Daniela entraba al quirófano, Salgado y Robles cruzaban la puerta principal buscando a Diego.
Y detrás de ellos apareció un hombre idéntico a él, cojeando, con la frente marcada por una cicatriz.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó.
Mateo dejó de respirar.