Entonces Dennison preguntó por el cuerpo que habían enterrado hacía cinco años.
Andrew sintió que la habitación se movía.
“Tenía la cara dañada por el agua”, dijo Andrew. “No estaba seguro. Mary lo identificó”.
Todas las miradas se posaron en María.
Ella levantó la barbilla.
“Yo era su madre”, dijo. “Conocía su marca de nacimiento. Su cicatriz”.
“Pero no era él”, dijo el agente Torres.
La boca de María se tensó.
“Obviamente, cometí un error terrible.”
Esa misma noche, después de que los agentes se marcharan, Mary se encerró en su habitación.
Andrew durmió en el suelo junto a Harry porque Harry le rogó que no se fuera.
Antes del amanecer, Andrew condujo hasta la casa de Betty en la calle Oakwood.
Betty abrió la puerta unos quince centímetros, pálida y temblando.
—Necesito ver tu sótano —dijo Andrew.
Ella intentó bloquearlo.
No alzó la voz.
“Abrir la puerta.”
Cuando bajó aquellas escaleras de madera, lo primero que percibió fue el olor.
Hormigón húmedo.
Jabón de lavandería viejo.
Polvo.
Entonces lo vio.
Un colchón delgado contra la pared.
Una pila de ropa de niño doblada.
Una caja usada como mesa.
Dibujos a base de crayones pegados al hormigón.
Y en el marco de la puerta, justo donde Harry dijo que estaría, una cerradura de cerrojo deslizante.
Andrew sacó su teléfono y comenzó a tomar fotos.
Detrás de él, Betty susurró: “Él estaba a salvo”.
Andrew se dio la vuelta.
“Era un niño”, dijo. “Y lo encerrasteis”.
Parte 3 – Final:
Betty estaba de pie en lo alto de las escaleras del sótano, en bata, agarrándose a la barandilla como si las rodillas le fueran a fallar.
Andrew no paraba de sacar fotos.
El colchón.
La cerradura.
La ventana cubierta.
Los libros infantiles apilados en una caja de leche.
Los dibujos pegados a la pared.
Un dibujo lo detuvo.