—¿Entonces pagarás?
—No.
Dos días después aparecieron todos en mi apartamento.
Sofía.
Ethan.
Margaret y su marido.
Margaret comenzó hablando de obligaciones entre familias.
La dejé terminar.
Después coloqué una carpeta sobre la mesa.
—Sofía, ¿reconoces esto?
Mi hija palideció.
Era la documentación de un apartamento que había comprado años atrás como inversión.
Sofía llevaba meses diciéndole a Ethan que sería su regalo de bodas.
Había un pequeño problema.
Yo jamás se lo había prometido.
—Mamá…
—Pensaba regalártelo cuando te casaras.
Los ojos de Sofía se iluminaron.
Entonces saqué el segundo documento.
—Ayer lo puse en venta.
Su rostro cambió.
Ethan se volvió hacia ella.
—Me dijiste que ya estaba a tu nombre.
Margaret también la miró.
—¿También mentiste sobre eso?
Sofía comenzó a llorar.
—¡Todo esto porque no te invité!
Negué con la cabeza.
—No.
Guardé los documentos.
—Todo esto porque decidiste que podías avergonzarte de tu madre y presumir de su dinero al mismo tiempo.
Me levanté.
Sofía intentó tomarme la mano.