El subastador anunció su nombre, edad y procedencia: Benedita, de veintitrés años, de Recôncavo Baiano. Fuerte como un toro, pero considerada indomable. Ya la habían enviado a cuatro granjas. Ningún capataz, según se decía, había logrado domarla.
Nadie la quería.
Los precios han bajado. Cinco reyes, tres reyes, dos reyes, un rey. Todavía nada.
Entonces, una voz grave se alzó desde el fondo de la plaza:
“Setecientos.”
Joaquim Lacerda, el hombre que está viviendo algo diferente
La voz pertenecía a Joaquim Lacerda, propietario de Quinta de Santo António, una finca cafetera de tamaño mediano, de 320 hectáreas, con unos ochenta trabajadores forzados.
Joaquim tenía poco más de cincuenta años. Su cabello era gris, su barba cuidada y su ropa sencilla pero limpia. No era ni rico ni poderoso. Era un hombre que vivía de tierras endeudadas y calculaba cada gasto, cada cosecha, cada posible pérdida.
Los demás compradores se rieron. Setecientos dólares por esa mujer que consideraban inútil. En su opinión, Joaquim estaba perdiendo la cabeza.
El subastador, aliviado de no tener que devolver la mercancía, intervino. Benedita fue vendida.
Joaquim subió a la plataforma, le quitó la cadena del tobillo y se la desnudó. Ella lo siguió sin decir palabra, con expresión impasible.
Caminaron tres kilómetros hasta la granja. Joaquim llegó montado en un caballo marrón. Benedita lo siguió a pie, encadenada, con los pies sangrando por el camino de tierra.
Cuando llegaron, el sol se estaba poniendo. El cielo estaba teñido de naranja y púrpura. Joaquín desmontó, ató su caballo y condujo a Benedita directamente al establo.
Una propuesta inesperada
: el granero era una construcción de madera donde se guardaban herramientas, sacos de café y algunos animales. Joaquim cerró la puerta, encendió una lámpara de queroseno y luego se sentó en un taburete.
Observó a Benedita durante un buen rato antes de hacerle una pregunta sencilla:
“¿Sabes leer?”
Ella no respondió.
Lo intentó de nuevo:
“¿Sabes pelear?”
Esta vez, algo cruzó su mirada. Casi imperceptible, pero suficiente para que Joaquim lo notara.